Roberto Lovera De Sola escribe sobre Gisela Kosak y su libro “Venezuela el país que siempre nace”. Parte V
Josefina
Debe tenerse en cuenta que la literatura de da cuenta de período se inicia con el cuento de Héctor Mujica(1927-2002): La O cruzada de tiza blanca(1962), texto bello y fresco; le siguieron en 1964 Los fugitivos de Luis Britto García(1940) y Entre las breñas de Argenis Rodríguez(1935-2000), ambos libros de cuentos. El primero, especialmente el cuento que bautizó el conjunto, es de emocionada alabanza para los insurgentes. El segundo lleno del dolor por el fracaso. De hecho Argenis Rodríguez fue el primero en mostrar este sesgo, el verdadero. Hay dentro de estas obras que anotar también los Relatos del camino largo(1969) de Eduardo Gasca(1939) en los cuales toda la aventura que significa una revolución está contada en las tres instancias de cada uno de sus cuentos; País portátil de Adriano González León; El desolvido(1971) de Victoria de Stefano(firmó en su primera edición como Victoria Duno), las Historias de la calle Lincoln de Carlos Noguera, la novela La Memoria de los inconfesables (1972) de Carlos González Vegas(1940), Tiempos difíciles(1973) de Octavio Beaumont es un prodigioso libro de relatos breves, algunos brevísimos, no sabemos por qué siempre soslayado y los Rituales(1973) de Eduardo Sifontes(1949-1974),”el Poética”, verdaderos cantos elegíacos en prosa. Nunca lo conocimos pero agonizando en un hospital de Barcelona, mientras se lo devoraba el cáncer, el dramaturgo Edilio Peña le llevó la reseña que habíamos escrito sobre Rituales y dijo “este escritor si entendió lo que yo quería decir”, no puede desear mayor elogio un crítico. Seguiríamos con Los topos(1975) de Eduardo Liendo y la imperfecta Bracamonte(1977) de Julio Jáuregui. Y además habría que añadir en el estudio futuro y posible que bosquejamos todas aquellas novelas en cuyo desarrollo aparece la insurgencia guerrillera como es el caso, es sólo un ejemplo, de Largo(1968) de José Balza. Estas son obras valor literario permanente. Y habría que hacer el inventario de los cuentos, entre los cuales hay uno notable de Antonia Palacios(1902-2001): “El día largo ya seguro”, que da título a su libro así llamado(1975), que trata estos asuntos como también lo hizo Julio Jáuregui en “La chaqueta de oso”(de su Final de otro sombrío,1973). Por cierto estos dos cuentos tienen profundos parecidos y paralelismos. No constituyen ni un plagio ni una imitación si que nos ofrecen un hecho mucho más seductor como literatura: el relato de unas vivencias personales en el de Jáuregui y hechos de esos mismos años relatados por su protagonistas a que persona tan cercana a la izquierda insurgente como lo fue Antonia Palacios quien los consignó en el suyo. Al concebirlos en cada uno de dio cita una circunstancia distinta: lo personalmente experimentado en el caso de Jáuregui, lo escuchado a quienes lo protagonizaron, caso del de Antonia Palacios. A ellos se unirían más adelante otros relatos certeros como ”Altagracia y otras cosas” de Carlos Noguera(verlo en Narradores de El Nacional, ed. 1992,p.289-297), con el cual obtuvo el premio del Concurso de Cuentos de “El Nacional”(1969), que es consagratorio entre nosotros y “Las manos del Chema” de Orlando Araujo, inserto en sus 7 cuentos. A la violencia que nos sacudió en los sesenta se refieren también los afamados cuentistas que escribieron los suyos para el volumen colectivo Ficción 67(1967).
En el teatro es insoslayable la pieza Prueba de fuego(1981) de Ugo Ulive. Cuando se escenificaba vimos la tarde de un domingo, ante la sala “Juana Sujo” de “El Nuevo Grupo”, donde se puso esta obra(actuada por José Ignacio Cabrujas y Omar Gonzalo), al jefe guerrillero Douglas Bravo haciendo la cola para entrar al teatro. Lo que se nos mostró en Prueba de fuego fue el adiós, gracias a mirada incisiva de Ulive, a la guerrilla ya ida. Y ya imposible de revivir.
Y aunque no tenga que ver con el proceso de los años que tratamos, de hecho sucede en 1935 durante la visita de Carlos Gardel a Caracas, es imposible no observar aquí que en El día que me quieras(1979), la celebérrima pieza de José Ignacio Cabrujas(1937-1995), se nos muestra la forma como siempre los comunistas venezolanos estuvieron alejados de nuestra realidad, como sólo soñaban en los países socialistas y no en el hoy y ahora nuestro. Tanto que el líder Gustavo Machado(1898-1983), uno de los primeros comunistas venezolanos, confesó a Cabrujas, tras ver la representación, que su pieza era certera porque “así éramos nosotros”. En cambio Miguel Otero Silva(1908-1985) se molestó profundamente con lo que vio en El día…y dijo que aquello era una diatriba contra el Partido Comunista. Y dentro de El día… Pío Miranda, su protagonista, cuyo nombre es la mezcla del nombre y del apellido de dos de nuestros grandes utopistas: Pío Tamayo(1898-1935) y Francisco de Miranda(1750-1816). José Pío Tamayo, su verdadero nombre, fue sin duda el introductor en Venezuela de las ideas marxistas en el siglo XX. Fue sacrificado en las cárceles del gomecismo de las cuales sólo pudo salir, ya muy enfermo, extinguiéndose, para ir a morir a su casa tocuyana. Antes de volver a su tierra en los años veinte Pío Tamayo había sido uno de los líderes de una huelga muy famosa en Panamá, movimiento que dejó consignado en su novela La galera de Tiberio(1938) nuestro Enrique Bernardo Núñez(1895-1964) quien fue testigo de la misma por ser entonces diplomático venezolano en aquel país. También en La galera…hay reminiscencias a la gran matanza en la zona bananera colombiana que es episodio fundamental de Cien años de soledad. De ser posible recomendamos siempre leer La galera…a través de la edición de 1938, de esta, aunque fue destruida por su autor a poco de ser impresa porque su sentido autocrítico era muy intenso, tenemos ahora su edición hecha gracias a la iniciativa de Domingo Miliani(1934-2002) en el volumen Cuabagua/La galera de Tiberio(1978) por lo cual no sólo podemos conocerla en su primera, prístina y mejor versión sino compararla a través de una cuidadosa relectura con la impresa en Caracas en 1967 siguiendo las correcciones que hizo Núñez en su ejemplar de la primera edición. La versión original, de 1938, es mejor que la publicada en Caracas, en 1967, con toda devoción, por varios amigos suyos, el paleógrafo Guillermo Arguello, el poeta Carlos Augusto León(1914-1997) y el crítico Augusto Germán Orihuela(1920), quien además la prologó en bella página.
Al estudiar el complejo proceso literario de la insurgencia de la izquierda contra la democracia hay que registrar aquellas obras que nos permiten mirar lo que comprendimos por el propio testimonio de muchos de ellos, cosa que repetimos dada su importancia: la elite política que empujó a los jóvenes a unirse a la guerrilla y nunca los respaldaron con el testimonio de su propia acción, los dejaron solos primero, los abandonaron después. Y la triste historia de los fusilamientos en Falcón dentro de la propia guerrilla fue recordada en casi todos sus puntos por Clara Posani en Los farsantes. Y también por Luigi Vasalice en su Guerrilla y política. Esas muertes sin sentido de los propios guerrilleros dio una carnadura notable a la defensa de la vida que está en No es tiempo para rosas rojas(1975) de Antonieta Madrid, una de las grandes novelas venezolanas sobre ese turbulento proceso, también libro impar de nuestra ficción.
La muerte de verdaderos revolucionarios ajusticiados por sus propios compañeros también fue el destino latinoamericano de la misma época. Sucedió también al gran poeta y revolucionario salvadoreño Roque Dalton(1935-1975), una historia triste. Para comprender la personalidad de Dalton no deben dejarse de leer las memorias de la periodista mexicana Alma Guillermoprieto(1949): La Habana en un espejo(2005), amiga cercana de Dalton en sus días habaneros en los años sesenta. Y las múltiples tragedias vividas por los guerrilleros latinoamericanos de los sesenta tienen en Ernesto Guevara(1928-1967) su mejor paradigma, de hecho fue entregado a las autoridades bolivianas gracias a las desventuradas incursiones, casi turísticas, por aquellos lares de un intelectual francés llamado Regis Debray, a quien le fue fácil seguir al ejército boliviano hasta dar con Guevara y ajusticiarlo. Y muchos de los ires y venires de otros guerrilleros latinoamericanos de esa misma época están bien novelados por Mario Vargas Llosa en Las travesuras de la niña mala(2006). Todo esto nos permite observar que no fue sólo a los guerrilleros venezolanos a quienes acompañaron las tragedias que vivieron.
Sobre el libro de Luigi Valsallice Guerrilla y política, curso de su acción en Venezuela 1962/69.(Buenos Aires: Editorial Pleamar, 1975. 213 p.) que antes hemos registrado hay que decir algo porque se trata del único libro histórico sobre este período, hecho con una verdadera base documental. Es obra útil y bien hecha, se sabe que tras el seudónimo de su autor se esconde un destacado funcionario italiano de los organismos internacionales quien fue quien hizo la investigación que lo sostiene y luego lo escribió con toda certeza. Tal fue la importancia que se concedió a este libro que el ex presidente venezolano don Rómulo Betancourt logró que el editor José Agustín Catalá hiciera una edición venezolana bajo el mote de La guerrilla castrista en Venezuela.
Al libro de Valsallice nosotros añadiríamos ahora también dos ensayos comprensivos de aquellos sucesos: el de Héctor Mujica: “Aquellos duros, duros años, 20 años después” (Contra a nuestro parecer,ed.1984,p.117-127) el cual hay saber leer en sus significativas entre líneas. El otro es el de Manuel Caballero:”La lucha armada en Latinoamérica: una falsa frontera entre la reforma y la revolución”(Ni Dios Ni Federación,ed.2007,p.258-274). El libro documental, con papeles de la izquierda marxista insurgente, compilado por Luis Vera Gómez: La subversión armada 1964-1967 en sus documentos(2006), obra de notable importancia al que hay que añadir en su sentido casi total de comprensión del fenómeno de la violencia en el siglo XX venezolano al volumen por varios autores, editado bajo la dirección de Roberto Briceño León y Juan Manuel Mayorca: Fin de la violencia: tema del siglo XXI.(Caracas: Fundación Francisco Herrera Luque, 2004.270 p.) cuyo título y subtítulo nos indican una grande añoranza.
Y hay al menos todavía dos acotaciones finales: terminada la guerrilla, comprendida la gran tragedia que supuso esta experiencia la cual miraron hondamente sólo espíritus finos, intuitivos algunos de ellos, mujeres en este caso, peregrinaron a su interior en busca de la respuesta porque comprendieron que una revolución no puede ser realizada sino parte de adentro de las personas, que esta debe ir no como se cree de afuera a adentro sino al revés. De allí la profunda peregrinación de estas dos mujeres hacia su interior. No en vano son ellas las autoras, junto con Antonieta Madrid, otra reflexiva mujer, de los mejores libros, a los que hay que añadir ahora los de Ana Teresa Torres y Milagros Mata Gil que examina Gisela Kozak, escritos sobre aquellas vividuras. Constituyen estos que deseamos nombrar aquí una incursión dentro de sí mismas, un nuevo observar a todo aquello. Nos referimos a La casa está llena de secretos(1980) y Ulises(1984) de Clarita Posani y Existe la vida(1989) de Angela Zago. Es por lo anotado que siempre subrayamos la importancia que tiene entre nosotros, sobre todo desde la década de los setenta, los libros publicados por nuestras mujeres escritoras. Y esto es importante porque tras de ella quedaba lo escrito por las mujeres desde Teresa de la Parra formado por libros, muy buenos algunos, otros de grande hondura testimonial, que marcaron el camino de las mujeres en la sociedad venezolana, pero obras aisladas, no formando parte de un movimiento. Siempre dentro de ese período que se inicia en 1937 hay que nombrar Tierra talada de Ada Pérez Guevara, Guataro(1938) de Trina Larralde, Tres palabras y una mujer(1944) de Lucila Palacios, Ana Isabel, una niña decente(1949) de Antonia Palacios, Anastasia(1955) de Lina Giménez y Gloria Stolk cuando logró superar el melodrama de Amargo el fondo(1957), a ella por cierto le gustó esta observación nuestra(El Nacional:febrero 2,1976) y la aprobó plenamente. Por ello en su etapa creadora final se dejó llevar de lo más hondo de si en la novela La casa del viento(1965) y en sus Cuentos de Caribe(1975), quizá su pálpito más lúcido.
En cambio la madurez, la coherencia, la gran imaginación y la bella escritura no se hizo presente en nuestra narrativa mujeril en la década del sesenta en la cual no hay ningún libro de mujer de honda trascendencia fuera de Crónica de las horas(1964) de Antonia Palacios. Sin embargo, esos años nos dieron a nuestra primer ensayista mujer quien es a la vez notable dramaturga(Teatro,2004), y ahora narradora (Homenaje a la estrella,2002; De muerte lenta,2006), para quien el país y sus mil sortilegios y angustias siempre ha estado presente: Elisa Lerner. En cambio la gran cosecha iniciada en la literatura escrita por mujeres desde los años setenta tiene una honda trascendencia que consideramos algún día remarcara con coherencia nuestra historia literaria.
Y como segundo hecho hay que decir hoy que los hijos de los guerrilleros han comenzado a decir sus propias palabras: tal Ricardo Azuaje en Juana la roja y Octavio el sabrio(1991), el cual rechazado por la editorial del estado se editó en Fundarte bajo nuestro cuidado, el texto de su contratapa es redacción nuestra, o en largos pasajes de Azul petróleo(1998) de Boris Izaguirre(1965): es la experiencia de los hijos e hijas que los padres abandonaron para irse tras su quimera. Jóvenes de los dos sexos que crecieron solos, mientras los padres, hombres y mujeres, fracasaban.
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