Roberto Lovera De Sola escribe sobre Gisela Kosak y su libro “Venezuela el país que siempre nace”. Parte IV

Agosto 25, 2008 por Josefina

GUERRILLA, LITERATURA E HISTORIA

La lectura del volumen de Gisela Kozak nos obliga a hacer una serie de consideraciones, que son complementarias de las expuestas por ella sobre el desarrollo de la etapa guerrillera dentro de experiencia venezolana después de 1958. Nos detenemos especialmente en los libros que dan cuenta de ese proceso en donde los lideres sacrificaron abiertamente las vidas de una generación más joven que ellos, llena de ideales, inocente, verdadera. Los hicieron subir a las montañas y luego los abandonaron, los dejaron solos. Ingresaron estos políticos después muy tranquilos, como si las vidas de aquellos muchachos y muchachas no les importaran, a la política desde la “pacificación”(1969) del presidente Caldera, se hicieron así presentes en al arena pública y para nada se detuvieron a considerar lo erróneo que habían hecho y el mal que habían causado a la generación más joven. Fueron tan inclementes que incluso se molestaron con los testimonios que los exguerrilleros justicieros escribieron sobre sus experiencias.”Hasta cuando nos van a pasar factura” dijo uno de estos dirigentes cuando se publicó el libro Los farsantes(1976) de Clara Posani. Y eso que la historia de los fusilamientos en Falcón, dentro de las propias tropas guerrilleras, era bien conocido y respaldado por documentación incontrovertible. Y esos mismos seres, líderes llamémosles, antes habían reaccionado pésimamente, inhumanamente, ante el significado más hondo de Aquí no ha pasado nada(1972) de Angela Zago. Tanto que hicieron entonces escribir a Rafael Elino Martínez el panfleto Aquí todo el mundo está alzado(Caracas: El Ojo del Camello,1973). Aquí todo el mundo está alzado está lleno de medias verdades y de falsas interpretaciones de los sucesos que incluso gente de la propia gente de izquierda controvertió. Recordamos vivamente la conversación que sostuvimos con el líder sindical Hemmy Croes(nos encontrábamos en ese momento corrigiendo con él su libro El movimiento obrero venezolano,1973), un auténtico comunista, hombre de ideales, sobre ciertos pasajes de Aquí todo el mundo está alzado, falaces según él, en los que aparecía él en esta obra que pronto todo el mundo olvidó. Aquí todo el mundo está alzado fue una evidente respuesta al hondo testimonio, lleno de verdad y sinceridad, y profundamente femenino, de Angela Zago.
Y sobre lo que decimos del abandono de los jóvenes guerrilleros en las montañas no podemos dejar de consignar un testimonio autobiográfico: cuando llegamos a la Escuela de Letras de la UCV en el mes de octubre de 1968 nos encontramos que entre nuestros compañeros estaban varios exguerrilleros: todos laceradamente heridos en lo más íntimo de sí, en su salud, en su espíritu, en sus ideales que no sabían hacia donde encaminar, en ese momento surgía la ultraizquierda empapada ya de delincuencia. Fue una experiencia muy tormentosa escucharlos: todos habían sido dejados de lado por los que los empujaron al combate y no fueron solidarios con ellos. Incluso hubo, hoy en día un alto poeta, Reynaldo Pérez So, que un día se despertó en su campamento y se dio cuenta que todos habían huido, que estaba solo. Durante semanas, casi sin conocer el medio, deambuló, no podía salir a la carretera porque llevaba puesto el uniforme verde oliva y de ser visto por las autoridades hubiera sido detenido. Prosiguió su andar hasta que un día frente al rancho de unos campesinos el dueño de aquel hogar lo comprendió todo: le dio de comer, le dijo donde estaba el río para que se bañara y le regaló ropa normal para que dejara el uniforme, que fue quemado, y pudiera seguir camino. Y esta historia fue la de uno y la de muchos de esta generación que era la misma nuestra, aunque nosotros no éramos un insurgente, de allí lo fácil que fue entablar el enriquecedor diálogo que nos unió. Y ya en ese momento, aunque esa es otra historia, empujaba entre nosotros el brote creador de lo que meses más tarde sería la “Renovación”(mayo 12,1969): un gran movimiento de cambio en los estudios literarios. Pero esa es otra historia.
Para la comprensión histórica y vivencial del proceso de la lucha armada en Venezuela en los años sesenta hay que tener en cuenta siempre que fue, repetimos, una experiencia dolorosa para los que participaron en ella. Como momento frustrado debe ser visto en nuestra historia contemporánea, como pérdida de toda utopía como sostiene Gisela Kozak en su libro.
Sobre los años de la llamada lucha armada, después degeneró en simple delincuencia encabezada por la ultra izquierda siempre anarquizada(fíjese que no decimos anarquista porque ello es otra cosa: “doctrina que propugna la absoluta libertad de la persona, la abolición del Estado y de la propiedad”, Diccionario enciclopédico Salvat,ed.1985,t.II,p.188). A poco de la derrota comenzaron a abundar una serie de manifestaciones escritas sobre la guerrilla, relatos casi siempre de sus propios protagonistas, estos en sus inicios tuvieron pésimos resultados porque fueron redactados por personas que no eran creadores y por lo tanto esas obras no tuvieron valor literario alguno, por ello fueron dejadas de lado por los lectores y estudiosos de nuestra literatura. Un buen ejemplo de ello lo es la fallida novela de Luis Correa: FALN, brigada uno(Caracas: Fuentes,1973. 233 p.) la cual es tan mala que incluso no fue considerada una obra de ficción y por lo tanto no la registró el acucioso profesor Osvaldo Larrazabal Henríquez en su Bibliografía integral de la novela venezolana(1996).
Con estos libros se cumplió aquel decir del historiador Germán Carrera Damas(1930) que cuando un activista deja de actuar generalmente escribe un libro para relatar la experiencia vivida o redacta un libro de historia. En el caso de la literatura de la guerrilla muchas de estas obras inconclusas, redactadas por pre-escritores, fueron leídas y luego desdeñadas como siempre sucede con los libros sin valor.
Por ello, y eso lo vemos en los libros que la Kozak analiza: debió pasar mucho tiempo para que surgieran obras literarias que registraran aquello pero que tuvieron valores creadores auténticos, fueran primero que nada literariamente válidas. En general son las que ella analiza.
Sin embargo, pese a lo magníficas que son las cinco novelas que ella examina, sobre todo Los últimos espectadores…que es libro mayor en su asunto y obra privilegiada dentro de la novela venezolana. Pese a ello creemos que todavía pasará mucho tiempo para que tengamos el libro decisivo, pleno, sobre esa situación. Y tendrá que pasar mucho tiempo para que aquello ocurra, tanto como el que debió transcurrir en Colombia entre la violencia de la guerras civiles de fines del siglo XIX como la “Guerra de los mil días”(1899-1902) y su verdadera y única expresión literaria propia, su elegía, que sólo está precisamente, nada menos y nada más, que en Cien años de soledad(1967) de Gabriel García Márquez. Este escritor nació quince años después de terminada aquella sangrienta contienda, creció escuchando a sus mayores hacer memoria de ella y sólo logró escribir su gran libro, en donde está quedo plenamente novelada, sino sesenta y cinco años más tarde aunque algunos de sus rasgos aparecen desde sus primeros libros como La hojarasca(1955), en El coronel no tiene quien le escriba(1958) y en pasajes de algunos de sus cuentos de Los funerales de la mamá grande(1962). Eso también sucedió en los Estados Unidos con la Guerra Civil(1861-1865). Fue mucho tiempo después cuando un descendiente de sus protagonistas pudo escribir el réquiem final de aquella contienda y describir la decadencia del “depp south” americano. Nos referimos a William Faulkner(1897-1962), quien nació treinta y dos años después del final de aquella contienda y quien sólo comenzó a publicar treinta y nueve años después de aquellos combates cuando las memorias familiares se posesionaron de él y estuvo a suficiente distancia para poder comprender aquella tragedia y sus consecuencias. Faulkner es además uno de los cuatro grandes creadores del siglo XX, a quien hay que poner al lado de Proust, Joyce y Kafka. Y quizá al lado de Thomas Mann(por La montaña mágica,1924 y La muerte en Venecia, 1913). Eso mismo que describimos sucederá entre nosotros con la necesaria recreación literaria plena de la guerrilla de los sesenta. Tendrá que pasar todo el tiempo necesario para que nuestros escritores puedan comprender, más allá de los contemporáneos de aquellos hechos, los sucederes de aquellos días trágicos en los cuales se aspiró a una quimera y se lanzó a toda una generación juvenil a una lucha sin sentido y lo que es pero sin que los que tuvieron la idea de hacerla hallan estado presentes ya que siempre estuvieron seguros en sus “cochas” de las ciudades. Fueron pocos los que subieron a las montañas, quizá sólo Argimiro Gabaldón Márquez(1919-1964) jefe de la guerrilla en la que actuó Ángela Zago, y seguramente lo hizo por creer en ello y porque era un hombre cabal, íntegro, un gran señor, un hombre decente, como la misma Ángela Zago nos ha contado más de una vez. Allí mismo, en el propio campo guerrillero en un lugar del estado Lara, perdió la vida al escapársele un tiro a uno de los guerrilleros de su grupo, Jesús Vethencourt, llamado el comandante Zamora, el 13 de diciembre de 1964. El relato del suceso que trae Angela Zago en Aquí no ha pasado nada, quien no fue testigo del hecho, confirma esto(ed.1972,p.115-116,117-119,122-123) al igual que Antonio García Ponce en la entrada correspondiente del Diccionario de Historia de Venezuela(ed.1967,t.II,p.421).

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